lunes, 27 de febrero de 2012

Sigue siendo negra.

No es que haya querido matarte, es que para mí siempre has estado muerto. Aunque después de unos cuantos años, uno se da cuenta que realmente no eres más que una herramienta para débiles. Y ojo (ojo, ojo, ojo), no digo con ello que yo sea alguien fuerte, pero me niego a caer en la trampa de la ignorancia. 

-Ser 1: ¡Eh, tú! ¡Largo! No puedes estar aquí. ¿Cómo has llegado hasta...?
-Ser ‘K’: Eh... ¿Ah? ¿Insinúas que he llegado a este estúpido lugar por gusto? No tengo ni idea de dónde estoy.
-Ser 1: Ni lo sabrás. Fuera.
-Ser ‘K’: (Con un sarcasmo exagerado) Vaya, qué amabilidad.
-Ser 1: No intentes hacerte la dura, eso no te servirá conmigo. No te había reconocido, pero sé quién eres, ‘K’.
-Ser ‘K’: ¿Qué…? ¿Yo…? Dios mío, esto debe ser un sueño.
-Ser 1: ¿Dios? Veo que tu subconsciente va haciendo su trabajo. Aunque ese hijo de puta no tiene la entrada permitida.
-Ser ‘K’: (Sonriendo)... esto ya me empieza a gustar más.
-Ser 1: ¿De verdad? Pues ves olvidándote. Acompáñame, vamos.
-Ser ‘K’: ¿A dónde?
-Ser 1: Estás aquí por eso. Tenemos que matar a Dios, y no nos queda mucho tiempo.
-Ser ‘K’: ¡No me jodas…! ¿Vamos a matarlo? ¿A… Él?
-Ser 1: No, a Ella. Sígueme y no me hagas más preguntas.
-Ser ‘K’: Pero… ¿¡Dios es una mujer?!
-Ser 1: Pues sí, ‘K’.
-Ser ‘K’: ¡Pero, por Dios...! Quiero decir,... ¡Nunca lo habría dicho! ¿Cómo es?
-Ser 1: Cada cosa a su momento. Tenemos que irnos.
-Ser ‘K’: Necesito saberlo...
-Ser 1: ¡Vale, vale! Es... Es negra.
-Ser ‘K’: ¡…!
-Ser 1: Pesa unos 218 kilos. Y se rapa la cabeza al cero.
-Ser ‘K’: ¿¡En serio!?
-Ser 1: ¿Qué esperabas? ¿Un viejo con barba y túnica blanca?

Y no hizo falta matarte, tu cadáver ya estaba en un avanzado estado de putrefacción. Y todo era mentira. ¿Cómo pudiste? Condenaste al planeta y, mientras tu existencia se basa en plegarias, maldiciones, conversaciones, preguntas, insultos y ruegos, la niña verde llora. Y para los que somos víctimas y culpables, ¿qué queda? Vendetta.

sábado, 11 de febrero de 2012

Peligro: hilos sueltos.

Siento paz. Estoy tumbada a tu lado y la calidez que desprende tu cuerpo me hace sentir segura. Hasta las sábanas están cómodas. El simple contacto con tu piel, me adormece. Sumida en esa seguridad, no entiendo lo que veo a continuación.

Te levantas, cortante, y sacas un cuchillo de algún lado. El típico cuchillo de cocina, sin más. Mi mente se queda en blanco ante el desconcierto, pero tú, sin miramientos, me comunicas tus intenciones: "Oye, te voy a matar". No le doy importancia más allá de un 'bah', me lo tomo como una broma pesada, sin más. Y por supuesto, cambio de tema y me pongo a trepar por ramas insospechadas.

Cuando estoy a punto de olvidar el comentario, incluso parece que tú tampoco lo recuerdas, se vuelve a repetir la misma situación. "Te voy a matar" Pareces tan seguro de ti mismo, que me creo tus palabras y empiezo a tener miedo de ese cuchillo que aún sujetas en silencio. De un momento a otro lo vas a hacer, pero no lo haces. No lo haces. Y me voy hundiendo en mi más profundo terror.

No puedo más. "Hazlo". Se me escapa en voz alta: "Hazlo,... por favor. Si no me matas tú, lo hará este miedo". A pesar de mis palabras, aún creo que de un momento a otro te arrepentirás y, aunque sea por compasión, dejarás el cuchillo en el suelo, lejos, y los dos haremos como si nada. Pero... Cuchillazo. Se me encoje el alma. Cuchillazo. Escapándose el aliento. Cuchillazo. Ese abismo borroso. Y paras.

La cama empieza a teñirse de un rojo oscurísimo y las sábanas lloran. El olor a sangre envuelve la habitación y yo entre gemidos de dolor inconscientes, intento no escuchar tus movimientos. Porque empiezas a recojer tus cosas tranquilamente, escupiéndome miradas de pena, vacías. Antes de irte, casi preocupado, te oigo decir: "¿No vas a darme un beso?".

Y mientras yo inhalo los últimos suspiros de indecisión, la gacela ya me ha empujado, traicionera. Y de mí no queda nada más que un cuerpo muerto, desnudo y abandonado. Un regalo perfecto para los buitres de la noche, que lo devorarán sin piedad.

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Ten cuidado de no quedarte enganchado antes de irte, que por un hilo, tú puedes descoserme el alma entera.