lunes, 24 de septiembre de 2012

Sabor a cielo.

¿Por qué te has muerto? ¿Por qué me has abandonado? No puedo aceptar que te has ido y que nunca volverás, no puedo asimilar que ahora deba seguir sin ti, sin tus defectos, sin tus tonterías, sin tus enfados y sin los míos.

Acabando demasiado deprisa, huyendo demasiado lento. Cobarde y débil. Cobarde tú, yo soy la débil. Cobardes mis ilusiones, débiles tus esperanzas. Ilusiones asesinadas despiadadamente, sin vacilar, con un cuchillo demasiado frío como para notar el dolor al instante. 


Sin más, abandonaste este mundo, mí mundo. Volando o sin volar, pero te tomaste tu tiempo para preparar la pista de aterrizaje. Aterrizo yo de las nubes, de un batacazo, aún con el sabor a cielo en la punta de la lengua. Y como si no hubiese ocurrido nada, me dispongo a echar el vuelo de nuevo. Qué ridícula me siento entonces, dándome cuenta de que, en realidad, siempre lo he sido. 

Aprovecho para desearte que descanses en paz. Realmente es todo un logro desaparecer como tú lo has hecho, porque lo peor de todo es que, habiendo muerto, tu corazón sigue latiendo y no ha habido ningún entierro en el que vestirse de luto.



(NOTA: Éste es un escrito del 2009, que comparto aquí y ahora con el fin de que no desaparezca del todo en el olvido, guardado en alguna carpeta que alguien perderá. Algunos fragmentos del texto original han sido suprimidos y/o modificados)

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