martes, 22 de abril de 2014

Miro al bicho
que hay
al final de mi cama;
cómo respira
-y a veces ronca-;
cómo se coloca,
en posiciones imposibles;
cómo, siguiendo aún dormido,
mantiene las
orejitas
levantadas, atento;
cómo cambia de sitio,
cuando muevo
mis piernas buscando
el trocito de sábana más fresco;
cómo se despierta
sin previo aviso
y bebe agua como un loco
-derramándola toda
por el suelo-.

Y yo me pregunto
por qué no tendré más sueño
para poder dormirme ya
y así no ahogarme
en el rio de mis pensamientos,
que ya no fluye como debería.

Pero entonces
compartimos
el último bostezo de la noche
con la mirada fija
en el oscuro espejo
de tus ojos
y
de golpe
el mundo parece no ser tan grande
y reducirse solamente a ti.

(Tal vez sea la belleza
la que vaya a salvarme)

Y harto ya de mi incesante revoloteo,
con signo de admiración incluído,
me obligas a
escribir
este poema
para ver si así
te dejo ya dormir de una maldita vez.